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martes, 17 de junio de 2014

Deseando la noche (Elanus caeruleus)



   Con el alba llegó el diablo.

   Cabalgando al viento sobre alas grises, desciende para posarse sobre el altanero trono desde el que domina las tierras de su nuevo feudo.

   Su mirada de fuego congela el alma y sabemos que pronto deberemos pagar el vasallaje para que él  le ofrezca a su dama presentes de sangre.

  Caer en la jaula de sus garras y morir despedazado por su hambriento pico; un sacrificio demasiado alto  a cambio del derecho a unas tierras baldías.

   Los súbditos lloramos,  gritamos, temblamos ante cualquier sombra sobre nuestras cabezas y cumplimos con la ley de la vida, pero nuestro corazón sólo alberga el deseo del ocaso para que la bestia se marche.

   Aunque el hambre retuerce las entrañas, permanecemos ocultos, inmóviles, deseando que llegue la noche para ser  libres… aunque con la oscuridad reaparezcan otras pesadillas.











lunes, 9 de junio de 2014

Duendecillos de sol



   Tras largas horas de errático deambular por los túneles, por fin aprecié la  claridad de la salida.

   Mi vista cegada por la intensidad del sol apenas vislumbraba manchas de colores que giraban a mi alrededor. Cuando mi visión se aclaró descubrí que estaba rodeado por pequeñas aves que se afanaban en sus labores sin apenas prestarme atención.

   Sus plumas emitían destellos multicolores que me hicieron olvidar la subterranea oscuridad y me quedé allí durante varios minutos, hipnotizado de color.  Después recordé que debía alejarme antes de que me echaran en falta y emprendí la carrera hacia mi libertad.

   Solamente una vez volví la vista atrás, las aves seguían allí, ajenas a mi angustia, disfrutando del día, revoloteando, gritando y jugando como duendecillos con los rayos del sol.                                                                                                                       
                                                                                   Txanbelin

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miércoles, 26 de febrero de 2014

El exilio de las grullas




   Sentado en un reseco tocón de alcornoque y apoyando la espalda  en los restos del viejo muro de  adobe, Bernardo se cala la gorra para  evitar el sol en los ojos y observa en lontananza las figuras que se mueven inquietas en lo que  antes era la laguna de “La Janda”.
 

 Cada arruga de sus viejas manos refleja  el duro trabajo y los pesares de  más 80 años de lucha, y aunque la artritis a veces llega a doler  insoportablemente, aún es capaz de hacer  saltar entre sus dedos una pequeña castaña pilonga que ha encontrado en el camino.  Es lo único que se mueve en su cuerpo, el resto no parece existir; sólo  escucha el canto de las grullas y sus pensamientos vuelven a tiempos lejanos. 



   La primera vez que se fijó en estas aves tenia apenas cinco años y ayudaba a su padre en  los campos que cultivaba cerca de Casas Viejas.  El  pollo apenas tenía unas semanas  de vida  y estaba atrapado en el lodo de la acequia,

   - Padre, padre  -gritó Bernardo-, he encontrado un pájaro muy raro. 
   - Es una pequeña grulla  -le dijo su padre mientras observaba  a la temblorosa ave en manos del chico-.  Vamos a limpiarlo y después lo llevas cerca de los adultos.

   Bernardo se sentó a observar  como  el pollo se unía al resto del grupo y todos gritaban y bailaban como si se alegrasen de recuperar a un miembro de la bandada.

 




 

    En aquellos años la laguna era un paraíso donde las  aves  hacían sus nidadas y  sacaban adelante a sus pollos. Bernardo pasaba los días viendo  las danzas y los primeros intentos de vuelo de los ejemplares jóvenes. Semanas después se alzaban en el aire y volaban junto  a sus padres, algunos grupos volaban muy lejos y no volvían hasta el año siguiente.



   El chico siempre se preguntó donde irían y fantaseaba con que algún día emigraría con ellas; lo que en aquellos momentos no podía imaginar era el modo en que sus sueños se harían realidad.

 

 
   Tres años después algunos campesinos afiliados a la Confederación Nacional del Trabajo iniciaron una insurrección  que se saldó con dos Guardia Civiles del cuartel de Casas Viejas heridos de gravedad. Cuando  llegaron   los refuerzos algunos vecinos  se encerraron en sus casas.*

    Bernardo y sus padres junto a otros compañeros huyeron a los campos.

    -Quiero que vayas a recoger  a las mulas y las lleves a la cuadra  -le dijo su padre a Bernardo-, luego espera allí hasta que volvamos a buscarte. Nosotros vamos a la casa del tío Paco.

   El tío Paco nunca le había caído bien, ¡Era como un fantasma que siempre estaba manchado de carbón  y tenía aquella terrorífica mano con seis dedos! Así que se alegro de no tener que ir a su casa.

   Bernardo recorrió el sendero hasta donde  descansaban las mulas y las condujo a la cuadra, a ambos lados los campos bullían de grullas  que apenas le prestaban atención.

  El sol se fue ocultando tras el horizonte mientras  el chico esperaba junto a la cuadra observando como las grullas alzaban el vuelo y los bandos se alejaban a la laguna para dormir. Poco a poco la algarabía de las aves se fue acallando y la noche quedó en silencio, pero tiempo después el trueno de los disparos sobresaltó a  Bernardo.

    La Guardia Civil al mando del capitán Rojas estaba acribillando la  casa de adobe  del tío Paco. El chico corrió campo a través sin ver apenas donde ponía los pies, pero  cuando llego la casa estaba en llamas y sólo Catalina, la nieta del “seisdedos” estaba fuera llorando, con un niño en los brazos,

   Bernardo busco a sus padres, estaban en el suelo, acribillados a balazos cuando intentaron huir del fuego. Quiso acercarse pero una mano con seis dedos le retuvo, alzo la vista y contempló el rostro húmedo de Catalina “la Libertaria”

   -¡Vámonos de aquí!  -dijo




 
    Exiliados  de su pueblo y de todo lo que conocían, no fue  fácil comenzar una nueva vida en la pequeña población francesa de  Mauntauban,

    Incapaz de soportar  las miradas y los llantos durante los primeros años, Bernardo abandonaba las calles y recorría en solitario los campos cercanos. Así descubrió uno de esos lugares lejanos donde volaban sus amigas las grullas.

    Durante años de observación llegó a conocer perfectamente su comportamiento y era capaz de reconocer algunas de las que volvían cada temporada, pero nunca más volvió a encontrar ningún pollo.


     El día que cumple 90 años Bernardo vuelve a Casas Viejas. La laguna de “La Janda” ya no está, la han desecado y al igual que a él, han desterrado a las grullas. Estas siguen regresando cada año para enseñar a las nuevas generaciones cual era su hogar pero no han vuelto a hacer allí sus nidos.


     Son los primeros días de Marzo, el sol empieza a calentar con fuerza las tempranas flores del campo. Las últimas grullas están nerviosas, saltan y gritan en el suelo  resistiéndose a dejar “La Janda” pero desde el aire sus compañeras las llaman y poco a poco van alzando el vuelo; no volverán hasta el próximo año.




    Apoyado en los restos del muro de adobe de la antigua choza de “Seisdedos”, Bernardo las ve alejarse con su trompeteo hasta que ya no las oye.

   Un año es demasiado tiempo y Bernardo no lo tiene.
   El movimiento de sus dedos jugando con la castaña va perdiendo velocidad, el fruto cae al suelo y rueda unos metros hasta que tropieza con una olvidada pluma de grulla y allí se detiene.

 Ahora nada se mueve; ni la arrugada mano, ni la respiración en el pecho, ni el latido del corazón, ni los cristalinos ojos con la mirada fija en el cielo.

Bernardo vuela con las grullas.

  

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*Los Sucesos de Casas Viejas en 1933 forman parte de muestra historia reciente


miércoles, 13 de noviembre de 2013

Caperucita cogió su cámara





Las encinas  de la  dehesa bordean el camino hasta el caserón  que sobre el cerro domina la finca  Cortazar. En otro tiempo las 80 hectáreas de la finca habían sido el sustento de la familia pero tras la muerte del abuelo las cosas cambiaron.

Sus padres  dejaron el caserón y se mudaron al pueblo, donde las posibilidades de  encontrar trabajo eran mayores, pero a pesar de la insistencia familiar la abuela se negó a abandonar la casa. 

Desde las ventanas de la segunda planta la anciana observa la extensión de dehesa que se extiende hasta las faldas de la montaña. Hacia el sur el sol se refleja en las charcas alimentadas por el arroyo Blanco que desciende de las cimas y donde abreva  el ganado. Si se esfuerza, llega a distinguir la trocha de los lobos, por donde de vez en cuando se aventuran algunos de estos animales. Mas abajo, en el pequeño bosquete de pinos, está la casa del guarda donde aún reside El Tuerto que tras la muerte del abuelo, se le permite seguir viviendo en la casa por sus años de trabajo en la finca. Es un tipo huraño, acostumbrado a vivir en soledad que  ahora pasa los días trampeando en las tierras que antes guardaba.




La niña avanza por el camino en silencio, disfrutando del aire fresco de la mañana y de los sonidos de la naturaleza, aún falta un buen trecho pero ya se divisa la casa en el cerro Del Duende. A su abuela no le gusta que recorra en solitario las dehesa e intenta intimidarla diciendo que algún día se la comerá un lobo. Ella contesta que procura no salir nunca del camino y cuando la abuela  no la mira sonríe y no le cuenta su secreto.


Hace dos años si que abandonó el camino. Siguiendo el vuelo de la cigüeña llego hasta la charca Grande  y cogió  la senda por donde los jabalíes bajan a beber. Antes de llegar a la orilla empezó a oír los gañidos lastimeros, cuando se acerco encontró a la loba atrapada en uno de los lazos del cazador, a su lado, cuatro pequeños lobeznos lloraban asustados. El animal gruño y enseño los colmillos cuando la chica se acerco, ella se sentó bajo el roble y esperó. Los cachorros desconsolados no tardaron en perder el miedo y acercarse a ella, una hora después consiguió quitar el lazo de la pata de la loba sin que esta la atacase. La hembra lamió su pata y a cada uno de sus cachorros, después se alejaron en dirección a la montaña.


No los volvió a ver pero cuando cada atardecer regresa al pueblo después de sus paseos por la finca, antes de llegar  a las primeras casas, vuelve la vista atrás y entre las sombras del  bosque casi puede apreciar el brillo de unos ojos observándola.

Cuando llega a casa el sol se ha escondido ya tras el horizonte y  la tarde refresca en los últimos días de Septiembre. Sobre la mesa hay un pastel de cumpleaños  con dos velas que forman el  numero 16, los años que cumple esta  noche.

Después de cenar parten el pastel y celebran una pequeña fiesta, su padre le entrega una caja en cuyo interior hay una cámara de fotos.

La niña se acuesta pensando que mañana saldrá corriendo a enseñarle a su abuela el regalo y llevarle un trozo de tarta.





 El Tuerto no siempre había estado sólo, una vez tuvo y un hijo. El tenía 18 años y ella apenas 16 cuando se casaron,  se llamaba Alba, un año después llegó el pequeño Darío.

El trabajo en la mina era duro pero le permitía obtener el salario suficiente para mantener a su familia y de vez en cuando darse algún capricho con los amigos.

Fue mala suerte que la  afilada pepita de carbón despedida por la explosión se clavara en su ojo, pero así son las cosas en la mina. Durante mucho tiempo el dolor sólo era mitigado por el alcohol a la vez que despertaba su mal genio.

Alba  recibió el alta  en el hospital una semana después de la paliza. Llevaba un brazo escayolado y la cara hinchada por los hematomas. Empaquetó sus pocas pertenencias, abrazó a Darío que por entonces  tenía tres años y abandonaron el hogar.






Amadeo Cortazar se cruzó con El Tuerto en la puerta del bar una tarde de verano, cuando este le pedía que le invitara a un trago.

El muchacho de 22 años que podía ser su hijo tenía una vida entera por delante y Amadeo le ofreció un trabajo en la finca.

De eso hace 35 años  y su única compañía siempre ha sido el alcohol. Hoy el viento sopla frío del norte y cala los huesos, la cuenca vacía del ojo duele endemoniadamente y en las brumas de la embriaguez está recordando a Alba. Tal vez si consiguiera dinero suficiente podría buscarla, intentar ver a su hijo y abandonar la soledad de la dehesa….

Si mirada se dirige al cerro. ¡Allí debe de haberlo, seguro que la anciana tiene guardado el dinero que han conseguido durante todos estos años y está sola, será fácil!




Apenas despunta el  día por el horizonte cuando se pone en camino hacia el caserón. La anciana aún duerme y es fácil amordazarla y atarla., después la introduce en el armario mientras la mujer forcejea. La casa es grande y hay muchos rincones donde buscar, el sol está ya alto cuando la voz le sobresalta.



La niña ha salido  inmediatamente después del desayuno, está impaciente por llegar al

Caserón y enseñar su regalo así que  ha aligerado el paso.  Cuando llega apenas tiene aliento para llamar a su abuela y tras gritar un par de veces entra en la casa.


Frente a ella se alza la inquietante figura del Tuerto, la chica se queda inmóvil sin saber que hacer pero la mirada de un solo ojo lleno de furia la hacen dar la vuelta y  salir corriendo.

El miedo y el cansancio han disminuido sus reflejos y tras varios pasos cae el suelo. El tuerto se lanza sobre ella y la sujeta por el cuello. Las enormes manos están apretando y dejándola sin aire, el hombre acerca la cara y ella observa los grandes dientes amarillentos de mascar tabaco. Su aliento huele a alcohol y apenas puede oírle cuando susurra que es una entrometida, que no tendría que estar allí, que nada va ha impedirle encontrar el dinero.

Una sombra gris; un fuerte impacto; las manos que se aflojan en su garganta un momento antes de caer al suelo y todo se vuelve negro.  Cuando abre los ojos todo parece irreal, El Tuerto yace en el suelo cubierto de sangre, con la garganta destrozada y rodeado por los lobos. En el dintel de la puerta la abuela permanece en pie, la loba que aún cojea un poco se acerca a ella, se sienta a su lado y deja que la mujer pose la mano en su cabeza.

La chica se incorpora lentamente y mira a  la anciana, esta asiente con la cabeza indicando que todo está bien, después avanza hacia su nieta y sujetándola por los hombros la lleva hacia la casa.- ¡Vamos niña! ¡Creo que ha llegado el momento de que te cuente una historia!


Cuando al atardecer regresa a  casa sabe que no debe contar nada a sus padres. Camina despacio y  entre el murmullo de las hojas, de vez en cuanto escucha  unas ligeras pisadas. Después antes de llegar a las primeras casas, gira sobre si misma y observa la oscuridad del bosque.

 Siempre estarán allí, guardándola; puede ver el brillo de sus ojos.
                                                                                       Txanbelin.  Nov.2013